Práctica 4: autobiografía lectora y audiovisual
Existen miles de formas de
describir el disfrute del arte: algunos lo ven como un entretenimiento, otros
como un juego, para mí se trata de un viaje de descubrimiento y aprendizaje.
Mi viaje empezó en tierras tan
blancas como un lienzo vacío, donde un pato, un elefante rosa y un niño de azul,
en aquel entonces conocía tanto del mundo como de mí mismo, apenas me atrevía a
dar un paso o dos en la dirección que mis padres o hermanos escogieran, conocí
en el páramo al conejo Oswald, de quien incluso a día de hoy siento pena por su
olvido (aunque si mal no recuerdo, pronto muchos le visitarán), incluso fui
capaz de explorar con la ayuda de mis hermanos el rescate de una princesa, en
aquel entonces no me importaba ser de los tres el hombre seta, pues ni siquiera
pensaba, solo sentía y exploraba, sin conocer la magnitud del mundo tanto
detrás como delante de la pantalla.
Pocos años faltaron para que
descubriera nuevos lugares, la mayoría frecuentados por niños como yo, conocí a
otro caballero capaz de salvar princesas, mas este mostraba su valor espada en
mano ya viajara en el Tren de los Dioses o en el Linebeck I, el barco de un
bribón quien a día de hoy reconozco como el primer pícaro al cual conocí. En
otros momentos me decantaba por grupos de jóvenes salvando sus respectivos
mundos, cuando no se trataba de cuatro tortugas mutantes peleando en Nueva York
se trataba de cinco adolescentes luchando en Lyoko, aun así, debo admitir que
en una ocasión me dejé llevar por el mal, pues un tal Jack Cayman me ofreció la
oportunidad de golpear, apuñalar y después aplastar contra pinchos de la manera
más sangrienta posible a cientos de enemigos, a día de hoy sigo sin
arrepentirme de haber aceptado.
Cuando crecí, conocí a través de un amigo leyendas de mundos más serios, donde las peleas eran más intensas, los personajes más serios y las historias más interesantes, ya había viajado por aquellos lares en el Grand Line e incluso me había batido en duelo con el fiero Masquerade, mas los mundos que me fueron revelados tenían a un hombre con el objetivo de convertirse en el dios del nuevo mundo, otro cuyo poder provenía del cabello nasal y unos hermanos que solo deseaban escapar de su orfanato para evitar ser comidos.
La adolescencia me recompensó con 2 regalos: el primero fue una crisis existencial no muy diferente a la de Tenar y el segundo fue una crisis de identidad; a día de hoy me encuentro buscándome en los lugares que exploré cuando era inocente, pero cuando hablo con la rata que se atrevió a cocinar o con el robot que deseaba amar los veo diferentes a la década en la cual los conocí, también pude enfrentarme a batallas con las cuales antes era incapaz de lidiar, como cuando llevé al final del horizonte al ejército Patapon sin dejar de proteger al pobre Hatapon.
Si algo aprendí al final del instituto
y con el comienzo de la universidad, es que las cosas que se van nunca vuelven,
quise ser perfecto incluso cuando Red Savarin me enseñó que debía ser lo
contrario, tampoco fui capaz de abrirme a las personas como Neku Sakuraba. Por
suerte, un año después de pasar por la carrera equivocada, me dejé derrotar por
medicina como hizo el Superviviente de Hathsin cuando el Lord Legislador lo
atravesó con una lanza, sacrificio que convirtió un aburrido viaje en tren en el
redescubrimiento de mi pasión por los otros mundos, desde entonces, no dejé que
mi pasión se apagara, mejor aún, decidí que ya era momento para ser el creador
de mundos propios. Y todos quienes me acompañaron en mi camino, compañeros
caídos, lecciones aprendidas y autores virtuosos me acompañarán, volví a mi
casa como Tristan pero sin estrella, y me puse a volar (como si montara en
Fújur) en los que pronto serán mis propios
mundos.
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