Yo, el primer hombre
Lista de objetos, me he tomado la libertad de subrayarlos en el trasfondo:
-Comedero
-Alfombra
-Tetera
-Cenicero
-Sillón
-Papelera
-Bombona
-Escalera
-Zapatos
-Vela
-Cámara
-Señal
-Ábaco
-Pluma
-Bocata
-Gafas
-Taza
-Guantes
-Picahielos
-Sombrero
-Papel
-Reloj
-Archivador
-Pipa
-Cartera
-Dibujo de una mujer
-Carta
-Lupa
-Manzana
-Bastón
-Cepillo
-Cinturón
-Bolsa
-Abrigo
-Paraguas
-Bate
-Violín
-Cactus
-Lámpara
-Estatuilla halcón
-Estatuilla hombre sobre caballo
-Barco (estatuilla)
-Radio
-Mapa
-Libros
-Guirnaldas
-Caja fuerte
-Cuchara
-Cerillas
-Cómoda
-Maleta
-Campanilla
-Lazo
-Ábaco
-Estandarte
-Bolso
-Enchufe
-Cadena
-Pintura
-Lápices
-Escritorio
-Megáfono
Idea original:
Mi idea detrás de un personaje inmortal nace de lo mucho que me molesta la visión que suelo ver en la ficción de los personajes de esta índole, son semidioses que se limitan a decir “no puedo, solo actúo cuando es un asunto de fuerza mayor” y dejan al mundo sufrir mientras viven vidas tranquilas y pacíficas; además, se tiene la idea de la inmortalidad en el humano como quedarse detenido en un punto, el inmortal es el mismo de hace 100 años y seguirá siéndolo dentro de un millón, cuando somos seres que cambian de forma constante, un ser más longevo respecto al humano promedio cambia en la misma escala (al menos en lo que a mí concierne).
También debo admitirlo, me acordé de Doctor Who a la mitad de la construcción del personaje y me duele confesar que se parecen más de lo que me gustaría.
Mi inmortal nació como uno de los personajes principales de una novela que quería escribir (El inmortal), considero esto una versión más amplia con el trasfondo, cambios, arco y personalidad definida; factores que no estaban tan detallados en mi imagen mental del inmortal.
Trasfondo:
Como no hay muchas indicaciones en el formato, me aprovecho y lo escribo en primera persona, en un ejercicio que me gusta hacer cuando quiero construir a un personaje, viendo sus acciones desde su punto de vista:
He tenido varios nombres, el primero fue lo que ahora se traduciría como “Yo” en un idioma que ya no existe, cuando nací, no conocía a ningún otro, ni le pertenecía a ninguna tribu. Fui el primer humano, y como tal, ignoraba la existencia de la muerte. He nacido cientos o miles de veces, he sido hombre y mujer e incluso otros, pero mi historia comienza cuando vi a un humano por primera vez.
Jamás he olvidado un nombre, Kara, una niña de unos once años, estaba recogiendo algunas bayas cuando nos cruzamos. Aquel día aprendí que habían otros, sobre todo cuando me uní a su tribu, no tardé mucho en acostumbrarme a esa vida.
Entonces la vida era lo mismo:, árboles, recolectar y dormir; árboles, recolectar y dormir… Kara, el resto de la tribu y yo no teníamos nombres, ni siquiera la posibilidad de comunicarnos al faltar un lenguaje, lo único que nos mantenía juntos era minimizar los riesgos.
Mi amiga era diferente, gracias a haberse dedicado a observar la naturaleza mientras recolectaba era capaz no sólo de distinguir cuando encontraba o no plantas venenosas, sino que también conocía unos pocos de los entresijos de la naturaleza, minucias si las comparas con lo que sabemos ahora, genialidades en su momento. Gracias a ello se guardaba una manzana para ella cada día (me refiero por supuesto a un antepasado de la manzana que además era increíblemente rara en esa época) e incluso usaba barro para crear estatuillas.
Cuando me enseñó una estatuilla con forma de halcón no lo comprendí al instante, entonces ella señaló el cielo a unos pájaros, agitó sus brazos y salió corriendo, yo la perseguí agitando los míos con una sonrisa en los labios. Ese día descubrí dos cosas: que las personas me podían dar algo que yo no me podía entregar a mí mismo y que los humanos éramos pájaros, ¿por qué si no se sentiría tan bien volar con Kara?
Yo también tuve mis propias ideas, un día algo cambió entre la tribu, todos se arremolinaban alrededor de una mujer con un hombre enano entre sus brazos, ahora sé que es un bebé, pero entonces era una gran novedad, y como hacen las crías se aseguraba de aprovechar sus pulmones constantemente, pensé que era una forma de presentarse, de intentar amedrentarnos como hacían algunos animales, así que empecé a imitarlo durante mis sesiones de vuelo con Kara, y con el tiempo lo hacía delante de todos. Pronto toda la tribu imitaba esos sonidos con más o menos fuerza en diferentes tonos, lo que ahora se conocen como nombres, e incluso un día Kara profirió un sonido que, junto al de la madre del bebé, no tenía un tono desagradable, y entre todos unimos los sonidos agradables poco a poco en una melodía, fue la primera vez que entendí lo que significaba la palabra nosotros antes de conocerla.
Ni siquiera pensaba en qué dirección iban mis pasos, seguía adelante adonde la vida me llevase, sin preocuparme por lo siguiente o sin saber que las cosas cambiaban. Un día recolectando junto a Kara escuchamos un rugido detrás de nosotros, ella me cogió del brazo y corrimos con todas nuestras fuerzas, grité mi nombre, agité mis alas e intenté volar, mi rostro se calentó y todo se puso negro...
Morí, por suerte duró solo un instante, uno de los más dolorosos que he experimentado, pero un instante, al despertar era una mujer y Kara no estaba. Creo que escogí ser mujer solo porque estaba pensando en ella, ¿la amaba, quizás? Es posible, lo cierto es que la quería, eso lo reconozco, me enseñó la bondad, y sin ella quizás durante toda mi vida no habría podido distinguir el bien del mal. Regresé con la tribu y ellos me reconocieron como si fuera ella, fui a donde Kara guardaba tanto la estatuilla como la manzana, mas esta última se había podrido, como ella, ese día descubrí que las cosas se acaban gastando, excepto yo.
La tribu reconoció que se habían ido dos y había vuelto uno, esperaron a que yo reaccionara al fallecimiento, supongo que porque pensaban que era Kara, me decidí a empezar los cantos, unos más silenciosos que los de costumbre y a cavar un hoyo en la tierra, ya que me imaginaba que si los pájaros como nosotros vivíamos volando al pudrirnos iríamos debajo de la tierra, se volvió una costumbre cada vez que uno de la tribu moría.
Debo reconocer que mi reacción no fue la más adecuada, las siguientes semanas solo quise acabar con ese animal, arrancarle su piel y tirarla por el suelo. El niño creció, y yo me aseguré de acompañarle para cuidarlo de la bestia cuando recolectamos, conforme crecía llegó un gran cambio, su madre lo quiso nombrar Pita, y para cuando era un adulto era incluso más perceptivo que Kara. Nos dio la oportunidad de plantar comidas y de construir cabañas para vivir sin tener que cambiar constantemente de lugar, y mientras todo eso ocurría yo solo pensaba en acabar con el animal, me aproveché del don de Pita para conseguir un arma, y él aceptó porque sentía cariño por mí.
Cuando maté al animal y conseguí la primera alfombra solo me quedó un vacío, regresé pensando que no me quedaba nada por lo que vivir. Y cuando vi la construcción que habíamos hecho entre todos, me di cuenta de que en realidad podíamos construir algo juntos, quizás había perdido a Kara, pero si ahora era ella en cierto sentido seguiría viva. No mentiré, fantaseaba con ser ella en todos los sentidos y me tomó décadas entender que solo era otra versión de mí mismo, pero en nuestras canciones y en esas construcciones descubrí que, incluso si todos a mi alrededor desaparecerían, siempre tendría aquellos que habían construido, mi misión se hizo mantener vivo el legado de los humanos.
Dicho legado siguió creciendo, nuestros nombres se convirtieron en los nombres de otros objetos y en unos cuantos años teníamos un lenguaje completo, hicimos contacto con otras tribu más pequeña y yo me sentía alegre, gracias a que fui bendecido con el nacimiento de mi hijo, estuve unos cuantos siglos como acompañante de mi familia, feliz por verlos crecer, preocupado porque la primera arma que habíamos inventado Pita y yo se estaba extendiendo a través de otras tribus.
La alfombra siguió allí, servía para recordarme lo poderoso que podía ser, aunque ahora me obliga a no olvidar nunca lo cruel que he llegado a ser. Los siglos me dieron la oportunidad de aceptar los cambios, la gente moría y nacía, era el ciclo vital; jamás habría esperado que el fin nos alcanzase.
A veces alguien tosía, era costumbre saber que esa persona moriría cuando empezaba a hacer ese gesto, eso era lo único que sabíamos sobre las enfermedades, una de ellas se llevó a toda mi tribu, una en la que yo fui el primero en toser. Volví a morir y volví con un cuerpo más joven, de unos cuarenta años, no quise acercarme a otras tribus, sabía que no aceptarían a alguien que provenía de una tribu desconocida, alguien que pudiera portar enfermedades.
Me fui lo más lejos posible, pensaba que jamás volvería a ver a otro humano. Todas nuestras construcciones habían sido destruidas para evitar que se propagase el virus, me sumergí, nadé y morí por el mar durante siglos, esperando a que mi vida se acabase, y antes de lo esperado, desperté en medio del desierto, rodeado de enormes pirámides, me impresionó tanto y lloré de alegría al descubrir que la humanidad todavía podía seguir.
Por desgracia, mi aventura con las pirámides egipcias no tardó mucho en convertirse en rana, me capturaron y convirtieron en esclavo, ese día aprendí que algunos humanos éramos inferiores a otros, que algunos comíamos de un comedero mientras que otros se sentaban en un sillón y daban las órdenes, giré y le pregunté a uno de mis compañeros por qué éramos esclavizados, él respondió: “por haber nacido esclavos” y me pareció suficiente razón para irme de allí, jamás aceptaría las cadenas de quienes no aportan nada. Yo había nacido nómada,me sería fácil buscar otro lugar en el que observar a la humanidad, eso era yo, el testigo de los humanos, uno de ellos que observaba y tomaba nota.
Tardé otro par de siglos caminando hasta llegar a una ciudad pavimentada y en la que sí pude evitar la esclavitud: Grecia. La vida, como ya parecía costumbre, me trajo sorpresas desagradables, tardé años en aprender su idioma para darles mi conocimiento solo para descubrir que el papel me dejaba obsoleto, todo mi conocimiento servía de entre poco y nada cuando a un papel se le puede consultar en cualquier momento. La otra novedad no fue mejor, esos filósofos, Sócrates, Platón y en especial los sofistas, eran observadores como Kara y yo, pero en lugar de poner ese conocimiento en aras de un futuro mejor malgastaban el tiempo con debates y lenguaje, una cantidad enorme de ingenio desperdiciada en una pila de conversaciones inútiles.
No me siento orgulloso por pensar de esa forma, para mí en aquel momento el lenguaje era eso que servía para comunicar el conocimiento o formar lazos personales, la idea de que tuviera alguna utilidad inherente y no como herramienta se me escapó. Decidí predicar con el ejemplo, mostrarles su absurdez siendo yo mismo un filósofo ridículo, pensaba que si lo hacía con la palabra directa entraba en su juego, durante un tiempo me conocieron con el nombre de Diógenes, y desde entonces jamás la profesión de vagabundo ha vuelto a tener tanta clase.
Fue un esfuerzo inútil, a día de hoy solo quedan anécdotas superfluas y se me considera otro filósofo más, de todas formas acabé conociendo a Pitágoras, quien me mostró que la filosofía podía ayudarnos no solo a observar el mundo de maneras diferentes sino que nos ayudaba a crear nuevas herramientas. En una semana observando un reloj, invento que resultó ser originario de los egipcios pero que yo consideré griego en su momento, me convenció del poder del conocimiento humano teórico, se lo agradecí y me fui a buscar nuevos horizontes.
¿Por qué irme lo más lejos posible? Observando la diferencia entre filósofos y esclavos noté que unos tenían más conocimientos que otros, y recordando que el saber de los egipcios tenía en sus bases conceptos demasiado avanzados para el griego me dirigí a un lugar nuevo, si no podía ser el observador de la realidad podría ser un impulsor de conocimientos, como mi amigo.
Hasta ahora no he querido explicarlo, pero para tener un cuerpo que no haya desarrollado antes debo morir, es más desagradable de lo que uno puede imaginarse. Cuando llegué al continente asiático decidí evitar ese paso, y las consecuencias esperables; tardé años en aprender su idioma y para cuando lo hice, aquel hombre peludo y extraño que intentaba comunicarse se había convertido en parte del folklore asiático, me llamaron Sun Wukong.
Supongo que después de eso no quise ser abierto respecto a mi inmortalidad, es una carga para muchos y me divide respecto a otras personas, soy humano, y quiero ser tratado como tal.
Encontré una gastronomía magnífica y el descubrimiento del ábaco me dieron algo de esperanza respecto a mis otros descubrimientos sobre aquel lugar. Volví a encontrarme con mi antiguo invento a mucha más escala de lo esperado, en Asia las guerras eran constantes y fieras, lo cierto es que no era tan ingenuo como para desconocer esa clase de conflictos en Egipto o Grecia, pero allí la viví de primera mano. Ellos me convencieron de que participase en su conflicto, yo creía que estaba conservando a algunos humanos buenos sobre otros malos, y como era el soldado perfecto al ser inmortal pude acabar con cientos o miles yo solo, lo hice con un cuerpo de mujer para intimidarlos más aprovechándome de la soberbia de hombres, si bien este acto inspiró cierta historia de la que me hablaron más adelante sobre una soldado no lo puedo confirmar o desmentir.
Un día, el general y yo asaltamos la casa de una supuesta contraria a los valores, era una mujer que había cometido varios robos y cuya muerte era por el bien. Había robado una cuchara, una tetera y un bocata; solo quería comer. Mi general no la perdonó, y yo me fui asqueado para no volver durante mucho tiempo, había visto varias instancias de ello, pero tuve claro después de aquello que ningún humano debería pasar hambre o ser inferior al resto, solo quizás aquellos cuyo deseo era justamente ser superior a otros.
Me arrastré hasta un desierto muy lejano, pensaba que solo quedaba aquella destrucción, los humanos construíamos, destrozábamos y no dejábamos nada en su lugar, y yo jamás podría detener ese ciclo. Encontré un cactus y me clavé a él con todas mis fuerzas, no me mataría, pero me dejaría en un estado de muerte constante que se acercaba a un sueño eterno.
Alguien me llevó desde ese sueño a su casa, para cuando desperté en un cuerpo nuevo me tenían maniatado. Un hombre de allí me quiso hablar antes de una supuesta ceremonia, le dije todo lo que sentía respecto al mundo y a la humanidad, él me respondió con un discurso religioso, habló sobre la leyenda del primer hombre, uno que al nacer solo conocía la vida, y que le llevó la muerte a otros. Sabía de quién hablaba, y no pude evitar volver a tiempos más sencillos, aquellos durante los que no había guerras ni conflictos, fantaseé con reducirlo todo a cenizas y convertirnos en algo nuevo, me equivocaba.
Antes de darme cuenta, aquella tribu me estaba sacrificando en pos de su dios pagano, yo para ese punto había conocido tantas religiones que me había visto incapaz de creer en ninguna, así que les dejé seguir con la ceremonia. Eran una tribu como la mía, aún así se mantenía la crueldad humana, jamás podría volver a mis tiempos sencillos.
Si no encontraba la respuesta a mis preguntas quizás alguien más sabio podría, llegué a la Biblioteca de Alejandría, un lugar que me recomendaron visitar desde Grecia hacía ya un tiempo. Leí cada uno de sus libros e incluso descubrí lo maravilloso que podía ser albergar conocimiento, aunque ninguno incluía esa respuesta que tanto necesitaba, decidí entonces hablar con cada uno de los sabios a mi disposición, y llegaron a mis oídos rumores sobre un hombre milagroso en Jerusalén, ¿alguien con un don parecido al mío, quizás? Mi única opción fue viajar, esta vez sí, con un mapa en mano hasta aquel hombre.
He conocido a cientos de grandes personas, tanto en el buen como en el mal sentido, él fue uno de ellos. Vivió en la sencillez absoluta, hizo maravillas que si bien eran reales o no inspiraron al bien, sus ideales eran más que adelantados a su época, en especial el último de ellos.
Para ese punto de mi vida, disponía de un conocimiento y cantidad de conversaciones tan amplios que podría convencer a muchos de ser un verdadero genio, realmente cualquiera podría con la cantidad de tiempo del que dispuse llegar tan lejos si se lo propusieran. El caso es que necesitaba con todas mis fuerzas saber si él realmente podía mantener sus ideales y creer en esa bondad humana, en esa unificación de todos los pueblos que solía mencionar, así que convencí a uno de los suyos de que lo traicionase. No me voy a excusar, cometí un grave error, maté a un inocente, todo porque necesitaba que siguiese creyendo en una benevolencia para la que ya no me quedaba fe.
Y él me lo agradeció por carta, una que me envió la noche de la última cena con la inscripción “ábrela cuando haya sido asesinado”, me pidió que saquease su cuerpo de su tumba, y me agradeció mi colaboración. Hice quizás un poco más de lo esperado, me maté y creé un cuerpo como el suyo, vagué para crear la imagen de santo, de eso no me arrepiento, su resurrección ha traído paz a muchos, y quienes son horribles personas no son cristianos a mis ojos.
Lo más desagradable es que funcionó, llegué a una conclusión liberadora: “¿y qué si son mentiras? él murió por unos ideales que le acercaron a la bondad, y yo viviré para acercarme cada vez más a ello si eso me permite crear un mundo mejor”, volé después de tanto tiempo buscando formas de mejorar el mundo paso a paso.
Dediqué unos cuantos siglos a una actividad un tanto desagradable: desinformar, sabía que si algún día encontraban América (resultó que en mi mapa no aparecía dicho país que yo recordaba haber visitado) podía haber resultados inesperados, la idea de una tierra plana me ayudaba con ello. Roma no me pareció el país más indulgente a la hora de conquistar, en realidad ninguna conquista lo es.
Cuando Colón volvió con noticias, intenté usar un último esfuerzo para evitar esa colonización: robé todos los estandartes que pude, pensé que el orgullo de no tenerlos a mano funcionaría para darme tiempo a salvar a aquellos pobrecillos, me sirvió de muy poco.
Así que habría guerra, eso no lo dudaba, ¿y yo debía defender a los nativos? Regresé a Asia buscando la respuesta, participé en sus guerras y quise descubrir cuál fue el resultado, encontré una estatuilla de mí mismo montado en un caballo, eso no era el símbolo de un héroe.
Permití todas las transgresiones a los nativos, lo único que fui capaz de evitar fueron algunos de los planes más desagradables, sin algunas triquiñuelas de mi parte varios genocidios habrían acabado con su población. Creí que los saqueos eran el mal menor, tardé un tiempo en perdonarme a mí mismo, viví en Norteamérica durante unos cuantos años con el objetivo de ayudar a restaurar aquel lugar tan destrozado.
He tenido tres relaciones románticas importantes en toda mi vida, la primera fue siendo una mujer en mis primeros cincuenta años, esta fue la segunda, y fue especial porque me enseñó que el amor existía en más de una forma. Fui un hombre que amó a otro hombre, y del consuelo de ambos nació un deseo de mejorar nuestro entorno, y de ese deseo nació la revolución, tardé un tiempo pero por fin había entendido que a veces la guerra era necesaria, todo aquel tiempo había sufrido por un lado u otro, me habían golpeado y engañado, ya no iba a dejarlos campar a sus anchas.
Ganamos, y traje la revolución que Ahaan me entregó a Francia apenas unas decenas de años después, de mi parte y del pueblo francés. Durante un par de siglos había encontrado la paz, veía el avance constante de la humanidad, edificios más grandes y fuertes, maravillas más allá de mi comprensión e incluso fui capaz de ayudar en la medida de lo posible a impulsar tanto el conocimiento como otras áreas.
Como había vivido vidas de ambos sexos, escribí un libro llamado El segundo sexo basado en mis vivencias cuando fui mujer y en la dinámica de esta con los hombres, ya había hecho algo parecido con la dinámica entre amos y esclavos bajo un pseudónimo (fingí ser un tal lazarillo) en España. No desaproveché el tiempo durante aquellos años felices.
Me puse un sombrero, un cinturón negro, unos guantes, unos zapatos elegantes, unas gafas y un abrigo que me permitieron crear la imagen del vendedor perfecto, duré apenas un año en aquel trabajo, se tarda poco tiempo en descubrir que uno es un estafador, y yo ya no estaba para cometer más errores.
Cuando me harté de aquel trabajo decidí tomarme unas vacaciones y por primera vez en mucho tiempo me vi en la libertad de escoger un aspecto teniendo en cuenta únicamente mi comodidad, escogí el de un viejo, llevaba un bastón para poder caminar sin gastar mi pierna en tonterías como caminar, me dediqué a unas pasiones con las que no me había atrevido: las artísticas.
Empecé escribiendo con pluma y no tardé en pasar al lápiz, me enseñaron a visualizar el mundo que buscaba y me devolvían durante un rato esa paz de volar con Kara, incluso acabé dibujando un retrato de ella si fuera adulta. El color fue la siguiente fase, la pintura me cautivó creando una forma completamente nueva de comunicarse que jamás me había imaginado e incluso antes de saberlo estaba tocando el violín, reencontrándome con la música que había perdido hacía siglos.
Mi casa se había convertido por fin en un hogar, no en un lugar donde dormía como en mis otras vidas, uno donde comprendí que todo aquel tiempo mi vida se había reducido a observar a la humanidad crecer y evolucionar, sin darme cuenta de que yo mismo era capaz de crear belleza. Yo era humano, me lo solía decir, pero ahora sí que lo sentía. Y con esa comodidad en mente decoré mi casa como quise, tenía una cómoda preciosa, guirnaldas en el techo, una estatuilla de un barco, un escritorio…
Era todo lo que tenía, y la vida se lo llevó por delante. La noticia de la muerte del archiduque de Austria me llegó por radio, también un aviso para evacuar lo más pronto posible. Quise quedarme allí, de todas formas no me podían hacer daño, pero unos soldados acabaron llegando a mi casa e insistieron en llevarme lejos, ¿y cómo no iban a hacerlo? Para ellos era un viejo demasiado apegado a su casa.
Me pasé dos años en una trinchera con un cuerpo nuevo, iluminándome por la noche con una vela por si llegaba algún telegrama, intentando contener el terror de perder a mis compañeros en un ataque furtivo. Uno de mis compañeros, Charles, se dedicaba a molestarnos con bromas poco sesudas como hacernos fotos con una cámara en los peores momentos, traer objetos inútiles como una señal o un picahielos y aparecer con una taza en la mano mientras fingía ser un señor bonachón que no conseguía dormir por alguna tontería como un personaje de tebeo. El día que lo acribillaron me cambié de identidad y pasé los otros dos años trayendo y devolviendo material médico, cuando no llevaba una maleta era una bolsa o un bolso; respecto a mis compatriotas, solo pude asegurarme de traerles unas cerillas, supuse que eran mejores que una puta vela.
Después de aquello quise volver a ahogarme en el océano, pero decidí darme el tiempo para curarme, todavía podía ayudar a la gente. Así que volví a mi faceta de científico, me pareció que la crisis humanitaria ameritaba un avance en las ciencias, así que la física me pareció el mejor campo posible.
Entonces llegaron, Alemania invadió Francia en tan poco tiempo que parecía imposible acabar con ellos. Acepté formar parte de un proyecto designado para acabar con la guerra de forma definitiva. Me dijeron de todo sobre la situación en Europa, hasta me dieron un lazo rosa de una niña judía, cierto, los campos de concentración eran reales, pero para cuando habíamos desarrollado la tecnología Hitler ya había perdido.
Nuestro proyecto fue un éxito, mejor aún, superó las expectativas en las dos ocasiones en las que se llevó a cabo. Pagamos demasiado a cambio de aquella paz superficial, manchada aún más por la guerra fría, Estados Unidos creó la paz para luego estar en constante conflicto contra el comunismo.
En aquel punto me negué a creer en ninguna cultura o civilización, en el bien o en el mal, fui a la URSS pensando que, si habían acabado con Hitler sin necesidad de usar armas de destrucción masiva, tenían el material de una nación justa. Estaban muy lejos de mi ideal, años después hablando un amigo mío llamado George me preguntó sobre mi tiempo allí, le mentí como un bellaco diciéndole que fui espía para Estados Unidos, solté una carcajada cuando me preguntó con sarcasmo por la nación donde “todos eran iguales” y le dije que “esos cerdos son iguales, pero algunos son más iguales que otros”.
Sabía que la humanidad no sería perfecta, y que la destrucción existía muchas veces sin razón alguna, no me imaginaba algo tan desagradable como el fascismo alzándose y dejando cenizas donde antes teníamos una vida. Me mató saber que ninguna parte del conflicto se resolvió sin miles de muertes innecesarias.
Pero todavía me quedaba una lección en mi vida útil, ¿había o no había aprendido a crear cosas bellas por mí mismo?, ¿a pensar en mí un poco más que antes? Yo no me había fallado y no debía hacer nada para arreglar lo que había roto, con esa mentira caí en una espiral de adicciones.
Empieza con una calada de una pipa para darle paso a opiáceos, en especial la morfina que estaba de moda en su momento, todo acabando en un cenicero, incluyéndome a mí mismo. A día de hoy sigo siendo adicto a todas las sustancias que probé, eso nunca se me irá. Desafortunadamente no me encontraba en el estado mental para tener ningún tipo de moderación, menos cuando si mi cuerpo se rompía en el proceso podía recuperarme al tiempo, fue una época dolorosa, moría casi todos los días y sin embargo era completamente incapaz de plantearme dejarlo.
Un programa de desintoxicación me encontró tirado y se ofreció a ayudarme, fue otro proceso largo y doloroso, incluyendo varias muertes solo por el dolor del síndrome de abstinencia, además de un desgraciado que no paraba de tocar una campanilla cuando me comportaba de manera “incorrecta”. A pesar de que acabé saliendo más fuerte que nunca mentalmente seguía indeciso respecto a mi vida. ¿A qué estaba esperando?, ¿a la siguiente guerra o conflicto?, ¿a encontrar maravillas que pronto serían destruidas?, ¿familias separadas?, ¿enfermedades desconocidas?
Volví al lugar donde nací, esperando una respuesta. Los sentineleses me contaron historias sobre el hombre inmortal conocido como El Primer Hombre, yo era inmortal por haber nacido antes de que la muerte fuese conocida, eso lo sabía, ¿y qué me haría falta para morir? La respuesta era sencilla, moriría cuando toda la humanidad la conociese, era el primero y el último de ellos, fue un hecho difícil de tragar.
Con mucho esfuerzo encontré el lugar exacto donde mi tribu cantaba, no pude contener mi sonrisa al notar la estatuilla del águila de Kara, eso me permitió comprender la verdad: a pesar de las guerras y de la muerte, seguía vivo y quería seguir experimentando más esa felicidad, al igual que los humanos siempre acababan recuperándose yo lo hacía, siempre habría esperanza.
Regresé a la civilización una vez más a disfrutar de los nuevos avances, los enchufes me fascinaron casi tanto como los ordenadores a los que daban energía, ahora la información se encontraba en todas partes, y todos eran observadores de la realidad en todo momento.
Viví como un infante y un adolescente hasta llegar a los treinta años. Fue una vida algo tranquila, me dediqué principalmente a vender toda clase de objetos, desde paraguas hasta escaleras. El único momento tenso fue cuando una noche alguien se coló en mi casa, salí con un bate y golpeé con todas mis fuerzas al ladrón, era una lámpara, rompí una lámpara y mis padres me castigaron una semana por ser un inútil.
Cuando llegué a la adultez en esa vida acabé en una relación romántica con un grupo de personas, lo cierto es que el concepto de personas no binarias o de género fluido apenas fue una sorpresa para mí, que había cambiado tantas veces como granos de arena hay en una playa, por supuesto también llegó la desgracia de tener que trabajar. La vida me llevó a un banco donde una papelera (mi único amigo) y una caja fuerte definían mi vida, esta última lentamente se convirtió en mi todo, vigilarla era lo único que me hacía sentir como si fuera alguien útil, yo, que había desatado y paliado guerras, estaba enganchado a cuidar de algo, solo descansaba cuando me obligaban a ordenar los papeles de un archivador o a usar un cepillo para lavar el suelo.
Casi fue un milagro el que me despidieran por aparecer con un megáfono en una huelga, le pude dedicar mis últimos esfuerzos a intentar convertirme en bombero, hasta tenía mi propio extintor (una bombona de gas vacía que se le parecía) para darme ánimos. Si echaba de menos el orden de aquel banco solo tenía que sacar mi cartera y contar con la lupa de mi escritorio el dinero, era un acto que se había vuelto un reflejo en mí.
Por desgracia, todo tiene su final, esa vida llegó a término cuando me detectaron un cáncer ya que con los años mi sistema inmunológico es bastante débil. Me llevé conmigo todo el aprecio de quienes me quisieron, y lo seguiré llevando día a día a cada vida.
Mi nombre es Yo, soy un humano enamorado de nuestra grandeza y deseó seguir viviéndola mientras yo mismo intento guiarnos a un lugar mejor, nuestros fallos son tan grandes como nosotros, pero también lo son nuestros aciertos. Si toda la humanidad me escuchase diría: “te amo y mereces ser mejor”, muchas gracias por escuchar mi historia.
Arco narrativo:
Como se ve en el trasfondo, Yo empieza siendo un hombre que desconoce absolutamente todo. En su introducción descubrirá la humanidad, tanto en él como en otros, y se quedará encandilado, más adelante querrá ayudar a la misma a avanzar y sus tropiezos constantes tanto sobre si aquellos a quienes ama podrán crear un futuro mejor o si él es capaz de ayudar de alguna manera le dejará en un toma y daca con cada conflicto.
Con el tiempo acabará aceptando a la humanidad por lo que es, maravillado y dispuesto a formar parte de ella como uno más, sin la necesidad de empujarla hacia ningún lado más allá que ningún otro, se pierde su visión tan grande de “debo cambiar al mundo” y acepta que no podrá cambiar el curso de los acontecimientos, pero sí podrá ayudar poco a poco, y eso le da paz y liberación.
Hay más rasgos en su arco: debates morales, religiosos y culturales; cada uno se debe tener en cuenta, además, en cada etapa de su vida puede cambiar mucho. Yo en su primera etapa es básicamente un gato tímido, mientras que en su etapa de Diógenes es más bien alguien demasiado extrovertido.
Aspecto físico:
Ha tenido muchísimos a lo largo de sus cientos de vidas, así que los resumiré a los dos con los que se siente más cómodo:
Cuando es un hombre, suele ser un hombre viejo (fruto de la época en la que se tomó vacaciones y de su edad real), de complexión delgada, piel oscura, encorvado, con las piernas cortas, con una perilla con colgajos de piel debido a su edad avanzada y calvo. Su nariz es larga y estirada y mira hacia el suelo, mientras que sus ojos llenos de hoyuelos son pequeños puntos negros en un mar blanco.
Cuando es una mujer no cambia demasiado, crece su busto, aparece un pelo gris y rizado, sube su postura y pasa a una complexión gruesa, además de estirar un poco su rostro. En el resto de aspectos es igual.
A veces por comodidad toma un cuerpo de unos cuarenta años, solo cuando necesita hacer viajes largos, quizás esa sea su próxima vida.
Esto es lo más cercano que he encontrado a su aspecto físico
Personalidad:
Yo es un señor o señora mayor, conoce el peso de sus palabras, así que no suele hablar si no es estrictamente necesario, excepto cuando le preguntas por alguna de sus pasiones, en ese instante se convierte en una maraña de charlas interminables.
Es sereno y elocuente, aunque eso no implica que le tenga miedo a gastar bromas, tanto ligeras como pesadas, cuando se trata de personas de confianza. En principio parece un viejo afable, pero conforme lo conoce uno descubre la profundidad tanto de su rencor como de su amor, es sensible y le importa demasiado todas las personas de su entorno, pero no deja que esas emociones lo dominen.
A veces habla de su pasado como anécdotas sencillas y otras con un profundo respeto.
Frase estelar en la que me gusta pensar cuando me lo imagino gastando bromas:
Yo
Por supuesto que conozco a la última generación.
(en tono muy serio)
Skibidi.
Y eso es todo.
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